Mi abuelo era un contador de historias y en las tardes de julio , sentado a la fresca sobre su silla de enea pintada de recuerdos de azul, su chuano recompuesto y zurcido, su boina calada, inseparable, unida a él irremediablemente como el humo del ideales sin boquilla, me contaba , cada tarde una historia mientras, boquiabierto y sentado sobre el bordillo de la casa de la calle San Rafael , esperaba un fin, una moraleja, una mirada perdida del abuelo , dando por acabado el relato.
















